Autor: Andrew Davidson
Refleja de manera extraordinaria dos épocas, la actual y la Edad Media por medio de una historia de amor que atraviesa siglos y continentes. Llena de secretos, aventura y misterio.
Davidson no oculta que quiere ganarse al lector, por eso no escatima en iniciar su novela con desgarradora intensidad y detalle al describirnos el sufrimiento hospitalario de un empresario exitoso (ex actor porno, drogadicto y cínico) que ha sufrido un accidente que lo ha dejado con horribles quemaduras.
Durante su recuperación conoce a una supuesta enferma mental, que esculpe gárgolas y afirma haberlo conocido siete siglos antes.
Aunque sus personajes no sean los que se pudieran esperar de una novela romántica (caerían mejor en la categoría de terror), es lo evidente de sus sentimientos lo que nos permite identificar y acercarnos a ellos y los hace parecer atractivos.
Sorprendentemente el libro me gustó, aunque no es mi género literario favorito. Debo reconocer que valió la pena cada hora que dediqué a leerlo. El tono sarcástico y crudo es genial; las descripciones son casi fotográficas y la poesía implícita es innegable. Quizá el final es “demasiado” realista, aunque no traiciona la idea general de la novela.
Davidson no oculta que quiere ganarse al lector, por eso no escatima en iniciar su novela con desgarradora intensidad y detalle al describirnos el sufrimiento hospitalario de un empresario exitoso (ex actor porno, drogadicto y cínico) que ha sufrido un accidente que lo ha dejado con horribles quemaduras.
Durante su recuperación conoce a una supuesta enferma mental, que esculpe gárgolas y afirma haberlo conocido siete siglos antes.
Aunque sus personajes no sean los que se pudieran esperar de una novela romántica (caerían mejor en la categoría de terror), es lo evidente de sus sentimientos lo que nos permite identificar y acercarnos a ellos y los hace parecer atractivos.
Sorprendentemente el libro me gustó, aunque no es mi género literario favorito. Debo reconocer que valió la pena cada hora que dediqué a leerlo. El tono sarcástico y crudo es genial; las descripciones son casi fotográficas y la poesía implícita es innegable. Quizá el final es “demasiado” realista, aunque no traiciona la idea general de la novela.
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